En plena
revolución de la educación, donde los políticos “por fin” han puesto manos
firmes y se ha determinado a cambiar la educación tradicional de nuestro país,
los maestros estamos en el ojo de las críticas y en una evaluación mucho más
exhaustiva que a los mismos estudiantes. Al parecer las cosas sí están
cambiando, hay una nueva ley -sabe Dios quien la
escribió- las evidencias, estadísticas y los múltiples enlaces ciudadanos lo
demuestran. Se ha incrementado el acceso al bachillerato, becas de
capacitación para los maestros, nuevas tecnologías, colegios del milenio.
Si todo esto está cambiando, ¿Por qué la mayoría de docentes estamos
cansados y desepcionados? ¿Por qué estamos renegados de pasar ocho horas en los colegios? ¿Será por la cantidad de papeleo burocrático
que estamos obligados a cumplir para justificar “los sueldazos” que nos pagan?
¿Cuál es el
principal problema de esta educación? ¿Estamos viviendo los docentes actuales
todas las consecuencias de los excesos, abusos y manos sucias de nuestros
antecesores? ¿Qué es lo que realmente
pasa y que cosas son las que realmente están cambiando? ¿En qué nos hemos
convertido los maestros? Y ¿Cuál es el concepto que el ciudadano común tiene
con respecto al maestro ecuatoriano? ¿Es
realmente nuestra culpa – de los maestros- que la educación haya estado
por los suelos durante décadas?
Todo lo que voy a
contar en este blog son experiencias personales y de compañeros de trabajo que
han compartido conmigo sus frustraciones y vivencias. Para nada esto
representa a TODOS los maestros, becarios y autoridades educativas, es un
recuento de todo lo que viví mientras compensaba mi beca con el gobierno en una
institución pública y los otros años como docente de instituciones
privadas. Si alguien se reciente o niega ciertos hechos, pues ya nada.
No
te harás profesora! Así me decía mi tía
paterna, quien cumplía con su nombramiento fiscal en una escuela primaria del centro
de Quito. Teniendo siempre esa frase en la cabeza busqué otra profesión
que sería a la que me dedicaría con tanta emoción o se igualaría a ir al frente
de una clase para enseñar cosas nuevas, mandar a todos los niños a hacer silencio y por
supuesto, tener la capacidad todo poderosa de mandar deberes.
No, no soy maestra
de título, pero tengo muy gravada en mi memoria el hecho de que en mis
vacaciones solía levantarme a las cinco de la mañana, me alistaba y acompañaba
a mi tía a su escuelita donde yo sería su asistente por una semana.
Durante esos días de mi infancia, la UNE luchaba por salarios dignos y pagados
a tiempo, protestaban conjuntamente con algunos estudiantes muy “colaboradores”
por los derechos de los maestros y gracias a éste ejercicio “tan democrático” las labores educativas públicas se suspendían por meses enteros. Finalmente, las escuelas y colegios fiscales después de los acuerdos llegados tenían que recuperar el tiempo perdido, que
para mi felicidad, era en mi tiempo de vacaciones y significaba que podía ir
con mi tía a su aula de segundo grado (para los que ya no se acuerdan, eso es
ahora 3ro de básica).
Yo tenía seis años
y rogaba a mi mamá para que me permita ir, en verdad no había cosa que me
hiciera más feliz, cada vez que iba a visitar a mi tía a su casa me sentaba a
su lado y la observaba mientras calificaba los exámenes de sus alumnos o abría
el cajón izquierdo de su escritorio de metal donde guardaba los cientos de
sellos con los
que elaboraba sus evaluaciones en papel café con una vieja máquina de escribir
y papel carbón.
¿Pero qué pudo impactarme tanto como para borrar de
mi cabeza la idea de estudiar docencia? Así como recuerdo con felicidad muchos
de esos días en la escuela fiscal que funcionaba en una casa muy vieja del
centro de Quito, con puertas verdes de madera en mal estado y
los tablones de las aulas crujían al caminar entre las bancas estudiantiles; pizarrones
negros de pared a pared llenos de polvo de tiza donde muy celosamente los
pequeños niños resolvían sus ejercicios de matemática, asi también recuerdo que uno de
ellos con mucha inseguridad no logró completar el problema y su profesora
decidió golpear su cabeza contra el pizarrón y llamarlo tonto.
Tal vez eso fue lo
que me hizo cambiar de opinión; yo, a mi corta edad no entendía por qué la
maestra agredía a uno de sus alumnos. En la escuela privada de monjas a la
que asistí jamás una maestra alzó la mano hacia alguna de mis compañeras o a mi, pero sí
recuerdo que me acusaban de "vaga" por no aprender a leer al ritmo de las otras
niñas. Eventualmente se descubrió que el problema era dislexia, una dificultad de aprendizaje tardíamente detectada a mis diez años, identificada una vez que ya las
palabras de mi maestra de primer grado habían afectado mi auto-estima como
estudiante.
Pero… ¿es eso lo
que me impidió estudiar formalmente para ser maestra? ¿Será que realmente no
tuve vocación?
VOCACIÓN dícese de la
inclinación a cualquier estado, profesión o carrera.
-Real
Academia de la Lengua
Entonces, ¿ser
maestro es cuestión de vocación, convicción o porque no queda de otra?
Cuando pregunto en
los colegios privados y especialmente entre los maestros de inglés, me
responden que no les quedó de otra… ¡uy! pero ¿por qué? En las
instituciones privadas los maestros de inglés eran ingenieros, abogados o
publicistas que por una u otra razón manejaban muy bien el idioma. Con
los antiguos requisitos del MinEduc, o la falta de estos, cualquiera podía ser
maestro y muy contentos los colegios privados contrataban personal que ocupe
las vacantes. Los ingenieros politécnicos usualmente ocupaban las
cátedras de matemática, física o química; los periodistas, poetas y escritores
eran profesores de literatura y como en el caso de las maestras de mi hermana,
señoras de dinero que enseñaban historia o geografía con la ventaja de que
habían viajado por el mundo y ahora sus álbumes familiares servían
como material de apoyo.
Me pregunto: ¿el
maestro tiene que estudiar para ser maestro? ¿Puede una persona que no aprendió
en el aula universitaria a ser profesor, llegar a amar lo que hace y hacerlo con excelencia?
Cuando estaba en
la preparación de este blog, pregunté a mi compañero de trabajo por qué se
había dedicado a la docencia y él me contó que como músico y compositor no
podía mantener a su familia porque en el Ecuador los artistas no pueden vivir
de su profesión. ¿Es este el caso de todos los “profesionales sin título”
que somos ahora maestros? Tal vez nos dedicamos a enseñar por el
horario conveniente “trabajas la mañana y la tarde no haces nada… ¡qué suerte tienes!”
a menudo me decían.
Lo que la mayoría
de personas que no tienen el privilegio de conocer o vivir con un maestro no
conocen es que un profesor planifica, califica, prepara material y hasta hace de psicólogo
por las tardes e inclusive los fines de semana. Muchos otros tienen un segundo trabajo que les ayude a pagar las cuentas.
Cuando somos
estudiantes, pensamos que los “profes” son simplemente “cargosos y al huevo”
porque ellos no llevan tareas a casa, irónico, ¿no?
¡Quizás otra de
las razones puede ser las largas vacaciones! Feriados, una semana de vacación
por Navidad, tres meses de vacaciones de verano… suena hermoso… definitivamente
deben ser las vacaciones, por eso muchos políticos y ciudadanos se daban gusto calificando de “profesores
vagos” a todos los que se dedicaban a esta profesión y eventualmente los que hoy hacen las leyes decidieron reformar el periodo de vacaciones y días laborables en el sistema educativo.
Después de
graduarme de la universidad, en Lenguas Aplicadas y Relaciones Públicas, luego de varios intentos de búsqueda
de trabajo en mi área de estudio empecé
hacer prácticas en un proyecto de revista de entretenimiento que contaba con
muy poco presupuesto y realmente no veía futuro para mi en esa empresa. Un día recibí una llamada de mi prima que
trabajaba en un colegio particular y me dijo que necesitaban urgentemente una
maestra de inglés. Tuve la suerte de estudiar durante un año escolar en
E.E.U.U. y, más lo aprendido en la universidad, me convirtió en una
candidata apropiada para llenar ese espacio en el colegio. Antes de aceptar,
pensaba en el reto que éste sería, pues más que las pocas semanas que tenía de
experiencia con mi tía a los seis años, nunca me había parado en una clase y
mucho menos ser la responsable del aprendizaje de veinte adolescentes
hormonales. Tenía veinte y tres años y
no me veía tan diferente a los chicos de cuarto curso a los que enseñaba, no
fue para nada fácil, pero conté con un grupo de maestras y autoridades geniales
a las que hasta hoy agradezco por todo lo que me enseñaron.
Creo que uno de
los más decepcionados cuando decidí mantenerme como docente fue mi padre.
Mi papá, siempre ha sido un hombre reservado, nunca dice nada a menos que le
pidas su opinión, sin embargo, se que a él le hubiera encantado que sea médico,
arquitecto o algo así que produzca dinero y me permita tener una vida sin
restricciones económicas lo mismo que desearía cualquier otro padre que invirtió dinero
en la educación de sus hijos; él siempre se estresaba al saber cuánto ganaba y que
ese salario nunca se modificaba. Al
mismo tiempo con frecuencia me pregunté cómo hacían mis compañeros que
tenían niños y familias que mantener, llegar al fin de mes sin dinero en el
banco y con deudas acumuladas.
Entonces, si la
paga es tan mala, las largas vacaciones son una mera ilusión, el trabajo de escritorio
es interminable y la labor docente no culmina en el aula ¿por qué mis compañeros y yo nos mantenemos en esta profesión tan ingrata?
Bueno, solo puedo responder por mí, yo tengo muy en claro que ésta realmente es mi
vocación y en esos ya lejanos cuatro primeros años de trabajo como docente aprendí a ser maestra y
amar lo que hasta hoy en día me dedico.
|
Genial !!! Llegó el día finalmente. Emocionada estoy de poder leer y seguir leyendo tu blog. Congratulations !!! Hasta ahora nada más ni nada menos que la verdad !!!
ReplyDeleteSi! antes de que la memoria me juege mal, mejor lo escribo y lo dejo aqui para todos!
DeleteFelicitaciones mi querida Gaby.......!!! Muy buena reflexión.......
ReplyDeleteYa lo decía José Martí en sus grandes escritos ...."Ser maestro es la más grande de las profesiones "
Gracias mi Moises... espero que estes atento al resto, porque aun hay bastante que contar..
DeleteBien dicho Gaby. Concuerdo con todo lo que has expresado y verdaderamente creo que amamos mucho y tenemos una firme convicción para seguir en la profesión de docentes porque medio locos creo que ya estamos y más este último año inmersos entre tanta burocracia...y por si acaso la culpa no es del docente, para mi que es la familia del estudiante
ReplyDeleteCreo que hay muchos responsables de la situación del sistema eduacativo. Pero pienso que todos los que participamos en él debemos dejar de hechar la culpa a otro, asumir la responsabilidad y lograr cambiar lo que sabemos que esta mal!
ReplyDelete